El peso de mis emociones sulfata los vectores corroídos de mi ser.
Las ácidas aristas, deshechas, se convierten en polvo.
Sus esquirlas refractan la abominable escena con una luz inquietante.
Mientras los restos de mí
pierden su esencia
desaparece la capacidad de referirme a mí
por nada más que ente.
Pues al perderme no me reconozco.
Percibo que lo que antes eran sentimientos
se han transformado en emociones rebeldes.
Llenas de descaro, rabia y pesadez.
Mi cuerpo se excita,
con la ira que no reconozco cómo parte de mí,
pero empieza a resultarme familiar,
debe ser (pues es) parte del ente.
El calor bulle en mi pecho,
recorre mi cuerpo y me dota de un impulso que descarto automáticamente.
Sería tan satisfactorio soltarlo en un puño
cómo lo resulta la vuelta a la melancolía, el pensamiento y la languidez.
El cuerpo de mi ente se enfría y calienta con unos ritmos incongruentes.
Las horas pasan sin llegar a ningún lado,
mi ente se pelea con mi ser sin dar tregua para mantener ni 5 minutos seguidos una resolución.
¿Cuánto tiempo habrá pasado?, ¿Una hora?, ¿Quizá dos?, ¿Tal vez unos minutos?
El reloj de mi cuerpo tiene tanta cuerda,
que el frío y el calor,
que transforman mi ente y mi ser
ya no me dejan discernirlo.
Ya está: Me privo de todo,
se acabó el frío y el calor.
Me abstraigo en alguna ridiculez y obligo a mi mente a callar.
Y aunque los pensamientos asaltan de vez en cuándo en mi mente,
y me destiemplan las corrientes frías y el ardor de la erosión,
Sé que debo frenarlo, de lo contrario la piedra que habita mi pecho estallará.
Al final, cuál mineral pulido por la presión; duermo, despierto y cambio.
Con el paso del tiempo, quizá el ente termine convertido en una piedra preciosa.
o yo en cuarzo roto.
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