Cuándo el amor y el odio se cruzan, cuándo mi mente divaga sobre el elemento que mi corazón debe decidir: el sufrimiento o la felicidad.
Acostumbro a querer la felicidad y me reconozco a mí mismo por lo que los demás me llaman: Tonto.
Sin embargo sigue habiendo un dolor, grave, profundo y que no se ve subsanado por nada.
No se subsana porque no hay algo que lo cubra, no hay nada que me regenere. Mucho menos de manera continua.